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Por Mandato del Difunto Cuentos y Leyendas de Oaxaca

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En cierta casa de una de las calles que hoy día se llaman Tinoco y Palacios, en los albores del siglo XIX vivió una señora, viuda respetable, distinguida e ilustrada, tanto cuanto podía serlo una dama de aquel tiempo, señora conocida como Doña Carlota.

Mujer aceptada, plenamente en la buena sociedad de su tiempo por su honradez, por su carácter comunicativo y también… por su dinero. Pues Doña Carlota recordaba la época de su remota juventud, y se fuera efectuando… “Por mandato del difunto”, difunto que era su padre, aparecido un año después de su fallecimiento.

Recordamos aquella inaudita narración de Doña Carlota, la que decía que al morir su padre Don Francisco, la había dejado bajo la tutela de don Tiburcio, su severo y exigente tío, quien por demás administraba su cuantiosa herencia. Al principio todo fue armonía, sencillez, esmeradas atenciones y paz, hasta que a Doña Carlota se le ocurrió enamorarse de un gallardo joven audaz y bien plateado, que respondía al nombre Don Carlos Villareal. Como era de esperarse el tío Tiburcio no le gusto nada la idea de tan espontaneo romance por lo que, en previsión al hecho de dejar administrar la inmensa fortuna, se opuso rotundamente a los amores de Doña Carlota y Don Carlos. A partir de entonces la tirantez reino del ti para con la sobrina y ante tan terca y dolorosa situación, Doña Carlota tuvo que recurrir a la ayuda que le brindara su ama de llaves, Doña Úrsula.

Pues Doña Úrsula, Doña Carlota y Don Carlos planearon jugarle una broma al tío Tiburcio, quien se caracterizaba por manifestar un constante temor hacia los ministerios esotéricos, hacia el misterio de los aparecidos, hacia la existencia de brujerías y, en suma, hacia todo aquello que sonara al mas allá, Obedeciendo a su plan los confabulados comenzaron a dejar correr la voz de que en la casa se habitaban la niña y su tío, constantemente penaban, se oía el arrastre de las cadenas y se dejaban sentir fuertes vientesillos que calaban la espalda y algo más que esta. Así un buen día teatralizando con fineza y con genio, le aparecieron un gran fantasma al tío Tiburcio; propiciándole el susto de su vida. Sin pensarlo dos veces el necio anciano decidió que había que mudarse pero, sucedió que en la casa nueva… ¡también habían fantasmas! Y estos inspiraban más miedo y eran más agresivos. A tanto llego la situación que el resto de la servidumbre, a pesar de que se le duplicara o triplicara el sueldo, huía despavorida, claro muy de acuerdo con Doña Úrsula, quien pronto les encontraba nuevo acomodo en las casas de otros señores.

Por su parte don Tiburcio contrató soldados para que vigilaran a los malignos seres del más allá, pero la astuta Doña Úrsula también calentaba a estos bolsillos. Por lo que a los ojos de Don Tiburcio la soldadezca se espantaba y también ponía tierra de por medio.

Cuando el ambiente creado estuvo e su punto, al pobre tio le hicieron ver al fantasma de su querido hermano, el que voz fría y profunda, “característica del más allá”, le expreso que para poder descansar en paz requería que doña Carlota se desposara con tan buen caballero, como lo era Don Carlos.

El susto de Don Tiburcio fue tal, que no tuvo más remedio que casar a su sobrina con Don CarlosPOR MANDATO DEL DIFUNTO

 

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